La República de las letras

HUMBERTO MUSACCHIO

Hay una reforma laboral en marcha. En el Poder Legislativo se ha procedido con una celeridad extrema, entre otras razones, por la prisa en ajustarse a las exigencias del nuevo tratado de libre comercio con Canadá y Estados Unidos, las que, por cierto, son altamente lesivas para los sindicatos y para el propio Estado mexicano, que verá menoscabada la soberanía nacional, algo que debería ser motivo de alarma

18 de Abril de 2019

México vive una notoria inquietud laboral, en la que se expresan tanto los sindicatos más combativos como otros que parecían aletargados. En modo alguno es extraña esa movilización, pues, desde hace siglo y medio, en cada fin de ciclo irrumpen en escena los trabajadores.

Al término del largo periodo de inestabilidad y guerras civiles que se extendió de 1810 a 1867, surgieron numerosos periódicos obreros y se crearon importantes organizaciones de trabajadores, destacadamente el Congreso General Obrero. Lo mismo ocurrió al término de la Revolución de 1910-17, cuando hubo repetidos intentos de organización que culminaron con la emergencia de la CGT y de la CROM como central obrera predominante, aunque, ciertamente, no única.

Al comenzar el sexenio de Lázaro Cárdenas estallaron numerosas huelgas reprobadas por el llamado Jefe Máximo, Plutarco Elías Calles, que, en su caída, arrastró a la CROM. Era un ajuste de las relaciones entre el capital y el trabajo y así lo entendió Cárdenas, quien impulsó la organización obrera en la CTM.

Hoy, hundido el viejo régimen, en su larga agonía llevó a la quiebra a la CTM y a otras centrales obreras. Los grandes sindicatos de rama sobreviven mediante la corrupción y el pistolerismo, con la probable excepción de minero-metalúrgicos, que soportó la brutal embestida de los gobiernos priistas y panistas y hoy se ha convertido en el generador de una nueva conformación de la clase obrera.

En suma, otra vez asistimos al surgimiento de otro ciclo político, incierto, como suele ser todo lo nuevo, pero cuyos protagonistas no ocultan su interés de dar una forma diferente a las relaciones entre el capital y el trabajo, y entre los sindicatos y el régimen naciente.

No sobra decir que todo régimen, para operar en forma más o menos satisfactoria, necesita ordenar a los diversos sectores sociales y encuadrarlos dentro de una concepción política, indispensable para darle funcionalidad a la compleja red de relaciones que se tejen entre la sociedad y el Estado. Igualmente, se requiere la elaboración de una ideología socialmente compartida, que será, a fin de cuentas, el cemento capaz de dar solidez e identidad al nuevo régimen.

En ese marco, hay que ver lo que está ocurriendo en el mundo laboral, donde, aquí y allá, brota la inconformidad, ocurren protestas y huelgas, no siempre comprensibles; las organizaciones del trabajo y las patronales se expresan buscando acomodo en el piso incierto en que estamos y desde el poder se generan cambios que procuran acomodar todo lo anterior en un nuevo marco jurídico.

Hay una reforma laboral en marcha. En el Poder Legislativo se ha procedido con una celeridad extrema, entre otras razones, por la prisa en ajustarse a las exigencias del nuevo tratado de libre comercio con Canadá y Estados Unidos, las que, por cierto, son altamente lesivas para los sindicatos y para el propio Estado mexicano, que verá menoscabada la soberanía nacional, algo que debería ser motivo de alarma.

En lo interno, la Coparmex pide repensar algunos aspectos de la citada reforma y sugiere un periodo extraordinario de sesiones para que no se apruebe al vapor, como en los viejos tiempos. La Confederación Patronal pide precisar la reglamentación en torno a las huelgas y demanda garantizar el carácter tripartita del proyectado Centro Federal de Conciliación y Registro Laboral, aunque no parece preocuparle su sometimiento a una instancia supranacional, lo que está contemplado en el nuevo TLC.

Otro punto que explicablemente interesa a la parte patronal es que se garantice a los trabajadores el derecho a no pertenecer a un sindicato. En contra de lo anterior, el sector obrero debería exigir que la afiliación sea obligatoria y que sólo exista un sindicato por empresa o rama, lo que antes era indeseable por las complicidades del viejo régimen con los líderes charros, pero que, en lo sucesivo, carecerá de sentido si se garantiza una efectiva democracia sindical.

La existencia de múltiples sindicatos por empresa o rama debilita a los trabajadores, pero, hasta ahora, no hemos visto que se exprese preocupación alguna entre los dirigentes sindicales, pues, a fin de cuentas, las organizaciones minoritarias sólo benefician a los caciques. Hay que terminar con eso.

https://www.excelsior.com.mx/opinion/humberto-musacchio/sindicatos-y-reforma-laboral/1308203

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