SOBRE LA MARCHA

Por Carlos Urdiales

13 abril, 2019

Por 417 votos a favor, 29 abstenciones y cero votos en contra, diputados federales aprobaron la Reforma Laboral comprometida en el nuevo acuerdo comercial con Estados Unidos y Canadá, el T-MEC.

Las prisas llegaron cuando la líder de los demócratas en la Cámara de Representantes estadounidense, Nancy Pelosi, recordó que para que ellos apuren la ratificación del nuevo TLCAN, México debía legislar y ojo, aplicar, un nuevo marco laboral.

Nuestros muy patrióticos legisladores defendieron su urgencia como algo autóctono. A pesar de los meses que dejaron la iniciativa en comisiones antes de por fin dictaminarla y llevarla al pleno. Con o sin Pelosi de por medio, la nueva reforma laboral pasó por abrumadora mayoría. 

El diputado de Morena, Mario Delgado, presidente de la Junta de Coordinación Política, festinó: el charrismo sindical quedó sepultado con la nueva norma constitucional. Efectivamente, parte nodal de la reforma laboral apuntala la democracia para elegir a tal o cual sindicato, sin embargo, faltó algo que empresarios reclaman, consagrar también la libertad de no afiliación. 

Elecciones libres y secretas serán a partir de cuando el Senado y los Congresos locales ratifiquen la reforma, el antídoto más efectivo contra tanta lacra charra —dicho con todo respeto— que lidera corporativos laborales a lo largo y ancho del país. Líderes sindicales fifís, ésos sí, que hacen gala de fortunas construidas a lomos de trabajadores de todos los sectores productivos. La reforma abre las puertas a nuevos liderazgos, pero, sobre todo, a un nuevo concepto de representación colectiva, de lucha social más justa y productiva.

En términos políticos la Reforma Laboral es un avance, falta que la letra constitucional se traduzca también en un marco jurídico que aliente la productividad, la generación de riqueza, la calidad en la educación, en los servicios médicos, en las burocracias, en el campo, en las fábricas, en la maquila, en el sector automotriz. Si la reforma laboral se ejecuta, las exportaciones mexicanas y el mercado interno crecerán. 

Esta reforma fue condicionante para que el T-MEC se concretara. Su aprobación, pero sobre todo su implementación, es requisito sin el cual el acuerdo comercial encontrará pretexto, tanto en Canadá como en Estados Unidos, para no ratificarse y, en ello, México llevaría la peor parte. 

En caso de avanzar en el Senado y emprender su ruta legislativa por los Congresos locales, la Junta de Conciliación y Arbitraje desaparecerá, los coyotes laborales también, la “toma de nota” del gobierno al líder igual. Habrá tribunales laborales.

Desde 1994, cuando entró en vigor el TLCAN vigente, México se comprometió en el texto trilateral a un montón de cosas, desde crear una Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) hasta a elevar salarios conforme al incremento de la productividad. En 20 años la capacidad exportadora nacional creció de manera exponencial, los ingresos de muchos sectores de la mano con la estadística y, sin embargo, los salarios no. 

La clave dentro del T-MEC es que ahora legislar no es suficiente, eso lo hacemos rápido y bien, sino en cumplir con la ley, lo cual lamentablemente solemos hacerlo lento y mal. Si la imperfecta Reforma Laboral aprobada el jueves por los diputados se consagra, los sindicatos de protección, los de extorsión y sus líderes charros efectivamente, comenzarán a extinguirse.

Si la Reforma Laboral se acata, huelgas como la de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), que sufre el paro más largo de su historia (estalló el 1 de febrero), podrán conjurarse a través de acuerdos entre la mayoría de los trabajadores con la parte patronal, sin el parecer de los líderes sindicales; si la Reforma Laboral se promulga, paros ilegales como los de maquiladoras en Matamoros serán impedidos con legalidad; si la Reforma Laboral se hace realidad, la vida de millones comenzará a cambiar para bien. 

Nacida en el seno del T-MEC negociado por neoliberales del pasado y acatada por la progresista 4T del presente, esta Reforma Laboral es lo que la buena política pública debe; decir menos y hacer más. 

Sus rentas y aplausos no son los mismos, pero esta reforma puede incidir positivamente en las siguientes generaciones, no sólo en las próximas elecciones. Una bocanada pues, de sobriedad republicana.

https://www.razon.com.mx/opinion/reforma-laboral-primer-fruto-del-t-mec/

 

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